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Tema: Escapada para un 19 de enero

  1. #1
    Senior Member hablador Avatar de Ilis
    Fecha de ingreso
    13 Jul, 05
    Ubicación
    Sant Pere de Vilamajor (BCN)
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    683

    Escapada para un 19 de enero

    BASTA YA

    Ha ganado el calificativo de bella, y tiene motivos para merecerlo. Un espléndido emplazamiento, la elegancia de sus edificios y el mimo con que cuida los detalles lo justifican. A ello se añade, además, un refinado gusto por la cultura y el buen vivir.

    El pequeño funicular rojo nos deja en la cumbre de Igeldo, tras cruzar entre las casas de la carretera del faro y bordear prados verticales donde pastan vacas equilibristas. Los pasajeros corremos a acodarnos en los miradores sobre la bahía, para responder con el arrobo de costumbre a un paisaje al que no hacen justicia las postales. Volcados sobre los parapetos de troncos falsos, señalamos la lisla, las playas, las montañas, el mar y los barrios de la ciudad sin dejar de disparar fotos. “Es increíble, es absolutamente perfecto”

    Mirando desde aquí la prodigiosa curva de la bahía uno piensa “una naturaleza perfecta se hace sospechosa de artificio” El paisaje que se abre a nuestros píes, doscientos metros más abajo, no sería lo que es sin la intervención humana, que ha sabido convertir el paraje natural en un maravilloso espacio urbano.

    Rodeada de colinas y montañas verdes, de playas y jardines, de edificios blancos y dorados, La Concha es un ejemplo de cómo se puede reaccionar ante el medio sin destruirlo. Algo así como una enorme plaza pública en la que no se sabe qué atribuir a los azares de la geología y qué a la industria humana.

    Sin embargo, el encuentro entre la ciudad y su entorno no es siempre tan plácido como cabe pensar observándolo desde lo alto. A esta distancia, el océano es un gigamte inofensivo, aunque las sombras que surcan su piel azul-gris delaten la presencia de corrientes, y la espuma salte al pie del Acuarium, al otro lado de la bahía, o contra la espalda de piedra de la isla.

    A fuerza de recorrer el larguísimo paseo que sigue la orilla desde Ulía hasta Igeldo sin interrupción alguna, bordeando playas, escolleras y dársenas con barcos comprobaremos que el mar tiene muchas caras en San Sebastián. Ahora está tranquilo, pero cuando soplan galernas y empujan mareas vivas de otoño, olvida más de una vez las buenas maneras, incluso dentro de la bahía.

    Al bajar de Igeldo, nos acercamos hasta el Peine de los Vientos tras un breve paseo desde la estación del funicular, el mas golpea la costa, hierve alrededor de las esculturas de Chillida y arroja su espuma sobre las terrazas, salvando limpiamente los parapetos de piedra. A cada embate, unas toberas abiertas en el suelo lanzan potentes chorros de aire, acompañados de largos y lúgubres bufidos.

    Seguidamente hay que recorrer el mejor mirador que la ciudad tiene sobre el mar abierto, el Paseo Nuevo, que nos saca de la bahía rodeando la base del monte Urgull. El viento ha amainado y las olas de la bajamar golpean las rocas casi con gentileza cuando iniciamos el recorrido.

    Enfrentados a la gris vastedad, cruzada a lo lejos por barcos que parecen minúsculos, la sensación es de desolada melancolía, más que de amenaza. Este tramo de la orilla es más vulnerable a los furores del Cantábrico. Tanto, que el paseo, construido a principios de siglo con los beneficios del juego, se ha tenido que rehacer constantemente, aunque la última y reciente reforma prometa ser más duradera, al haber reformado el muro de la costa.

    Cuando el Paseo Nuevo nos devuelve a las calles de la ciudad, pasamos ante los restos del rompeolas de principios de siglo, que terminó sucumbiendo a las tempestades.

    Con el mar no se juega, dicen. Pero es una verdad que, en esta ciudad, no se puede entender literalmente. Pues, como tendremos ocasión de comprobar cualquier tarde, eso justamente, jugar, es lo que hacen los niños que, acercándose y huyendo, desafían el oleaje que levantan las grandes mareas.

    No hay nada casual en todo esto, pues San Sebastián, nacida del mar, es una ciudad impregnada y asediada por el océano que impulsa las mareas río arriba y roe con su lengua de sal las fachadas de piedra arenisca. Como tampoco es casual que su corazón lo tenga en el puerto y en la vecina Parte Vieja.

    Precisamente allí, el Museo Naval y el renovado Acuarium, que se ha dotado de un espectacular oceanario sin renunciar al encanto de las instalaciones de los años veinte, ilustran sobre la historia protagonizada durante siglos por los aventureros y trabajadores del mar. Hoy, los océanos esquilmados, la pesca decae, pero los barcos, azules, verdes y rojos, todavía se recogen en la dársena del muelle. Con un poco de suerte, si nuestro paseo por el puerto coincide con su arribada, podremos asistir a la descarga de cajas repletas de peces plateados.

    La Parte >Vieja no es en realidad tan vieja, ya que fue reedificada tras el incendio que las tropas angloportuguesas provocaron la noche del 31 de agosto de 1813, cuando arrebataron la ciudad a los soldados de Napoleón. Pero “Lo Viejo” representa las raíces de Donosita. En sus calles estrechas, a la sombra de las iglesias de Santa María y San Vicente, las cuadrillas de amigos desarrollan el rito cotidiano del “chiquiteo”. Y por si fuera poco, la Plaza de la Constitución, en el centro del barrio, es el escenario de las grandes ceremonias que ayudan a confirmar la identidad colectiva.

    Para los donostiarras, es obligado acercarse a esta plaza el 21 de diciembre, con ocasión de la feria de Santo Tomás. Lo mismo ocurre en la noche del 19 de enero, víspera de San Sebastián, cuando la bandera de la ciudad se iza en el balcón del antiguo Ayuntamiento. Es la señal esperada para decenas que de “tamborradas” inicien unos desfiles que recorrerán las calles durante las veinticuatro horas siguientes.

    Es sorprendente la concentración de bares en la Parte Vieja. Deslumbrante la multitud jovial, la animación del ambiente y, sobre todo, el despliegue de “banderillas” que cubren los mostradores. Allí conviven desde la ancestral “gilda”, que combina guindilla, anchoa y aceituna, hasta la sofisticada creación premiada en el último concurso de la especialidad.

    Con mucha suerte y más tiempo, algún vecino del barrio, nos permitirá asomarnos al mundo de las populares sociedades gastronómicas. En estos lugares (hasta hace poco exclusivamente reservados a los hombres), los socios y sus invitados se reúnen a charlar, cantar y a dar buena cuenta de los platos que ellos mismos han preparado.

    Cuando entramos en la sociedad de la que el amigo Ator es bodeguero, algunas mesas ya están ocupadas, y al fondo, en la cocina, unos cuantos caballeros se mueven con soltura en torno a grandes fogones. “Aquí (dice nuestro anfitrión mientras se entiende con una botella de sidra), todos somos cocineros”. Así no es de estrañar que San Sebastián sea una de las capitales gastronómicas de Europa.

    La vitalidad del movimiento de “Lo Viejo”, guarda poca relación con la imagen de aristocraticismo que se tiene de esta ciudad. En cuanto se la conoce un poco, la “viaja dama” envuelta en sus velos de sirimiri y bruma se transmuta en pescadora de las de antes, extravertida y lenguaraz, o en una de esas bienhumoradas cigarreras enfrentadas hoy a la dasaparición de la Fábrica de Tabacos.

    Por supuesto, hay una San Sebastián que responde al modelo de ciudad balnearia, emperifollada. Es la de la fachada sobre La Concha, donde se alzan el Palacio de Miramar, el antiguo Gran Casino, hoy Ayuntamiento, el Hotel de Londres y el precioso edificio racionalista del Club Náutico. Junto a ellos sobreviven, asomados a la playa, los “caprichos” instalados en la época de los veraneos regios: las farolas monumentales, los relojes sobre obeliscos, los pabellones de La Perla, La Caseta Real de Baños, y la famosa barandilla que bordea la bahía, una obra ornamental convertida en emblema de la ciudad. Por el contrario, las villas del paseo y el Hotel Cotinental, que merecerían un recuerdo aunque sólo sea porque en él se enamoraban Marlene Dietrich y Gary Cooper en la película Deseo, hace tiempo que sucumbieron a la piqueta.

    Y hay la San Sebastián elegante y discreta del Ensanche. Las obras se completaron en sólo sesenta años, los que median entre el derribo de las murallas y el tercer decenio de siglo XX. Esta rapidez explica la regularidad de su urbanismo. La elegancia de sus calles tiradas a cordel, las plazas ajardinadas, y rodeadas de soportales, la pompa de los edificios públicos, proclaman el gusto de la burguesía que vivía con un ojo puesto en París, capital del mundo en aquellos años.

    Basta pasear por la zona del Hotel María Cristina y el Teatro Victoria Eugenia, y, en general las dos orillas del río, o por la calle donde se enclava el Centro Cultural Koldo Mitxelena, a espaldas de la catedral neogótica, para apreciar los excelentes resultados de tal elección.

    En la cuadricula que cubre el centro urbano, lo que el Ayuntamiento denomina el “Area Romántica”, predominan fachadas de piedra arenisca, animadas por miradores acristalados y balcones de forja. El toque diferenciador lo ponen la calle Prim y sus alrededores, donde el neoclasicismo del primer Ensanche evoluciona hacia la mayor exuberancia decorativa del modernismo.

    De Paría traían los próceres donostiarras no sólo las ideas, sino también piezas de eso que ahora se llama mobiliario urbano, como las fuentes Wallace que adornan los jardines del muy apropiadamente llamado Paseo de Francia, sobre el Umea. E incluso el tamarindo, un árbol de tronco atormentado y hojas plumosas que ha terminado convirtiéndose en otro símbolo de la ciudad.

    Las pocas extravagancias de este San Sebastián contenido se reservan para los puentes sobre el río. En el de María Cristina, farolas diseñadas por Benlliure, templetes cubiertos de proas, grifos, escudos y coronas, rematados por portadores de antorchas que montan caballos con cola de dragón. En el de la Zurriola, altos obeliscos que soportan grandes esferas luminosas. Este último, pertenece más al tempestuoso Cantábrico que al plácido Urumea, y, por él se cruza el estuario para ver los muros de vidrio del Kursaal, el Nuevo Auditorio y Palacio de Congresos diseñado por Rafael Moneo.

    A su vista, uno se pregunta “¿Me gusta el Kursaal? y uno no da con la respuesta. Las dos gigantescas moles translucidas, arrojadas en la frontera entre ciudad y naturaleza, son, vistas a la distancia, desde Ulía, por ejemplo, un nítido objeto escultórico que despierta admiración. Pero cuando, se rodean por la parte del mar, los inmensos acantilados de cristal se imponen con una presencia, tan pronto radiante como ominosa.

    Antes de la partida hay que trepar por los senderos del monte Urgull rumbo al castillo que hay en lo más alto. Allí nos esperan cañones que apuntan al mar, fortificaciones esparcidas entre los árboles, tumbas de británicos que combatieron en las guerras carlistas, terrazas desde donde se domina todo Donosita. Un escenario de novela de piratas desde el que se puede contemplar, todas las tardes, como los barcos entran en la hermosa bahía haciendo sonar las sirenas.

    Por la vida, ilis

  2. #2
    Junior Member calladit@
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    Acabo de leer el texto en el que describes una de las ciudades más bellas del mundo, al leerlo me he dado cuenta de lo mucho que quiero mi ciudad. La capi como le llamamos en petit comite
    los que nos hemos tenido que desplazar unos kilómetros , dado el precio que tomaron los pisos en Donosti.

    Solo una cosa me preocupa y es que si mucha gente se enamora de nuestra ciudad al leer tu relato, tal vez no quede espacio para que nsosotros podamos disfrutarla porque quien no quiere ver y disfrutar de todo lo bueno y maravilloso que tenemos en nuestro entorno????.

    Espero tus relatos, me encantan. Un saludo y un abrazo de una euskalduna que adora su pueblo.

  3. #3
    Senior Member hablador Avatar de Luismi
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    Leyendo tu relato, he vuelto a recorrer esa hermosa ciudad que visitamos en verano del 99. estuvimos unos 15 días maravillosos, viendo algo de Bilbao, lo que pudimos de Alava, y bastante de Guipuzcoa, aunque nos quedará muchisimo, pero bueno, ya tenemos excusa para volver. Euskadi nos encantó, sus gentes, cultura, gastronomía, naturaleza, en fin todo.
    Magnífica tu descripción de tan BELLA ciudad.
    Un saludo

  4. #4
    Senior Member hablador Avatar de Ilis
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    13 Jul, 05
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    Sant Pere de Vilamajor (BCN)
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    Cita Iniciado por Jon y Helena
    Acabo de leer el texto en el que describes una de las ciudades más bellas del mundo, al leerlo me he dado cuenta de lo mucho que quiero mi ciudad. La capi como le llamamos en petit comite
    los que nos hemos tenido que desplazar unos kilómetros , dado el precio que tomaron los pisos en Donosti.

    Solo una cosa me preocupa y es que si mucha gente se enamora de nuestra ciudad al leer tu relato, tal vez no quede espacio para que nsosotros podamos disfrutarla porque quien no quiere ver y disfrutar de todo lo bueno y maravilloso que tenemos en nuestro entorno????.

    Espero tus relatos, me encantan. Un saludo y un abrazo de una euskalduna que adora su pueblo.
    BASTA YA

    HELENAAA, nuestro agradecimiento por la opinión que te merecemos. Seguro que hay un rinconcito que nos puedes enseñar aún a riesgo de que lo pierdas un poquito.

    Por la vida, ilis

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